Debe haber sido allá por 1974 o 1975. Papá estaba ya muy enfermo, internado en el Hospital Ferroviario. Nos turnábamos para cuidarlo, y un día, cuando me disponía a volver a casa, decidí hacer un trecho caminando desde Retiro, en vez de tomar el colectivo, un poco para despejarme y reanimarme después de haber pasado horas viendo como papá de a poco se iba apagando.
Mi caminata me llevó a la esquina de Paraguay y Callao, donde había (y sigue habiendo) una florería tradicional. El barrio siempre fue un barrio elegante, y los negocios se acomodaban a ese carácter. Miro en la vidriera y, entre profusos ramos de rosas, solitaria y majestuosa en un alto florero de cristal, estaba la primera orquídea que veía fuera de fotos de revistas. Alguna vez había oído, cuando era más chico, a mamá comentar el casamiento de alguien y mencionar que la novia había llevado como ramo una orquídea (en esa época todo el mundo se casaba por la iglesia, y cada detalle de las ceremonias era comentado por meses entre las conocidas). Me quedó, sí, la idea de la orquídea como objeto lujoso y exótico.
En ese primer contacto directo, me debo haber quedado como media hora mirándola y admirándola, porque empecé a notar miradas recelosas de las empleadas del local. Esta costumbre de quedarme mirando una flor que me impresionaba no era nueva en mí, y recuerdo como alrededor de los siete u ocho años me quedaba petrificado delante de un rosal o una azucena atigrada, mientras las vecinas que pasaban conversando de a dos con las bolsas de las compras se cruzaban miradas significativas, recelosas de ese chico que se entretenía mirando una flor en vez de andar cazando pajaritos con una honda, saqueando los nidos o prendiendo fuego al gato del vecino, como hacía cualquier chico normal y sano de esa edad, y comentaban o pensaban qué lastima los padres, yo los conozco, son buena gente, pero a cualquiera le puede salir un hijo así.
Me fui entonces pero la impresión de esa orquídea (otra vez, una Cattleya o relacionada) no me abandonó nunca, hasta hoy, y tuvo efectos de largo plazo, como podemos ver.
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